martes, 31 de marzo de 2015

Meridiano de sangre

Título: Meridiano de sangre
Autor: Cormac McCarthy
Editorial: Mondadori
Páginas: 327

Sinopsis

Estamos en los territorios de la frontera entre México y Estados Unidos a mitad del siglo XIX. Las autoridades mexicanas y del estado de Texas organizan una expedición paramilitar para acabar con el mayor número posible de indios. Es el llamado Grupo Glanton, que tiene como líder espiritual al llamado juez Holden, un ser violento y cruel, un hombre calvo, albino, sin pestañas ni cejas. Nunca duerme, le gusta tocar el violín y bailar. Viola y asesina niños de ambos sexos y afirma que nunca morirá. Todo cambia cuando los carniceros de Glanton pasan de asesinar indios y arrancarles la cabellera a exterminar a los mexicanos que les pagan. Se instaura así la ley de la selva, el terreno moral donde la figura del juez se convierte en una especie de dios arbitrario.

Opinión

Nos ha mostrado el cine una versión en exceso edulcorada de los tiempos aquellos de los indios y vaqueros. Sí, en el cine, la empresa norteamericana para la extinción de los indígenas se ha resumido con el sonido de un disparo, el agudo chillido del proyectil impactando en la roca reseca y la nobleza de los hombres de aquel tiempo, indios y vaqueros. La realidad, sin duda alguna, debió ser muy diferente. 

Meridiano de sangre debería tener como prólogo una sola línea por parte del autor: estimado lector, va a usted a conocer la más terrorífica historia del hombre.

El Chaval no podría explicar cómo ha acabado en la pequeña expedición a la ancha franja desértica en la que los Estados Unidos de la época y México se fundían en la ambigüedad de sus fronteras. Nació en medio de la violencia como estado natural, la violencia como única forma de vida. Existen trozos de tierra en este mundo en el que la depredación es algo más que un asunto de animales. El chaval pretende ser un tipo duro y probablemente lo es. Poco sabemos de su pasado; lo suficiente como para entender que en su futuro está el acabar mal. Pero no corramos demasiado. A Cormac McCarthy le gusta recrearse en los pasajes, introducirnos en los tétricos escenarios. Sus personajes apenas necesitan mostrarnos su interior, tal vez porque prefiere los hechos más que las palabras. Así que apenas tocamos los pensamientos de los hombres mientras cabalgan por parajes desolados en los que sólo la muerte parece mostrarse: A medio día cruzaron el pedregoso lecho del río Casas Grandes y siguieron una cama de roca por encima del desvaído hilo de agua dejando atrás un osario donde varios años antes soldados mexicanos habían exterminado un campamento de apaches, mujeres y niños, los huesos y los cráneos esparcidos a lo largo de medio kilómetro y los pequeños miembros de niños de pecho y sus endebles cráneos desdentados...

La compañía que cabalga está formada por hombres de malvivir, desalmados en busca de su lugar en el mundo. Desde luego, lo han encontrado. Es Meridiano de sangre un western sin paliativos, un relato salvaje, verdaderamente estremecedor. Cada uno de los personajes representa una única y marcada motivación; el perfil de cada uno de ellos es simple. Sería excesivamente gratuito decir que sólo lo hacen por la sangre. El desorejado y marcado Toadvine no es cortador de cabelleras, por ejemplo; Glanton sin embargo es el hombre sin piedad, la muerte por la sencilla razón del poder dar la muerte. Y el chaval sencillamente está ahí, entre ellos, haciendo con ellos, luchando cuando corresponde, sobreviviendo a una tierra que no espera en absoluto albergar vida humana alguna, disparando tumbado bocabajo a los terribles salvajes (son verdaderamente terribles los indios de McCarthy, nada de pueblos honorables que defienden un modo de vida, son salvajes cargados de un odio superior, herederos de otra época, guerreros de armas tan rudimentarias como sus tácticas de combate, son demonios hasta para el hombre blanco más incivilizado) que pasan cabalgando en línea disparando sus arcos en eficaces parábolas. 

El desierto enloquece a los hombres del mismo modo que la selva salvaje centroafricana desestabilizó del todo al señor Kurtz del polaco Joseph Conrad. Cuando el baño de sangre se extiende en el tiempo y la lucha no responde más que a la lucha misma el hombre pierde su condición de animal racional. El hombre que come hombre deja de ser uno de ellos, se convierte en otra cosa. Así le ocurre a la pequeña expedición dirigida por Glanton. Los indios ya no son suficientes. Los indefensos pueblos mexicanos son ahora perfectas plantaciones de carne donde ir a pacer: La mayoría ni siquiera iban armados. Eran nueve y se detuvieron y giraron y luego cargaron por aquel terreno que alternaba roca y matojos y fueron liquidados en cuestión de un minuto. Los lobos oportunistas que los siguen haciendo festín de los caídos en el camino no difieren demasiado del Grupo de Glanton. Son la comitiva del demonio, piratas de tierra adentro. Y nosotros seguimos a el chaval, aunque el chaval ya no pinte nada, aunque no sea más que uno entre el resto.

La verdad sobre el mundo, dijo, es que todo es posible. Si no lo hubierais visto desde el momento de nacer y despojado por tanto de su extrañeza os habría parecido lo que es, un juego de manos barato, un sueño febril, un éxtasis poblado de quimeras sin analogía ni precedente, una feria ambulante, un circo migratorio cuyo destino final después de muchos montajes en otros tantos campos enfangados es más calamitoso y abominable de lo que podemos imaginar.

El extracto anterior bien resume la visión de el juez Holden

Meridiano de sangre no sería la gran novela que es si en ella no existiese una figura tan particular como es la de el juez Holden. ¿Quién es Holden? En realidad no es nadie. Es un conocimiento etéreo. Pero también es un personaje físico y tangible a lo largo de toda la obra. Su presencia es del todo perturbadora. Se trata de una verdadera inclusión en el relato. No se podría decir de él que persiga el mal; o al menos, que no es lo único que persigue. Su actitud se escapa del perfil concreto, no parece moverse como un ser humano, tampoco como un animal; no es tanto la sed de sangre como jugar por jugar. Es la personificación de un conocimiento profundo, no es un personaje al uso, se sale de las páginas de la novela en un extraordinario ejercicio de lectura. También el juez Holden cabalga a las órdenes de Glanton. Pero no, Holden, realmente no sigue órdenes, hace como que sigue las órdenes. En realidad actúa de forma arbitraria, asumiendo las reglas de un juego cuyo final ya conoce. Lo vemos desde los mismos inicios de la novela. ¿Por qué es esto así? Podríamos preguntarnos. ¿Y por qué va a ser de otro modo? Sería la pregunta con la que el propio juez nos respondería.

La figura de Holden, su origen, debemos buscarlo en otros relatos. Es un personaje recurso. De uno u otro modo, desde el primero hasta el último de sus escritos, va apareciendo a lo largo de toda la bibliografía del incomparable Cormac McCarthy, con otros nombres, otros rostros, y la misma sensación de estar frente a una palabra que se escapa de nuestra ortodoxa aplicación de la inteligencia. Su mensaje es tal vez tan ambiguo y esquivo como el de la deidad de los libros sagrados. Es también un sacerdote de las primeras civilizaciones, un conocimiento etéreo encarnado que ofrece una opción al camino de lo espiritual. Incluso en este mundo existen más cosas sin que nosotros tengamos conocimiento de ellas que en todo el universo, y el orden que observamos en la creación es el que nosotros le hemos puesto, como un hilo en el laberinto, para no extraviarnos. Su palabra enloquecedora transita a lo largo de Meridiano de sangre, como algo que no nos cuadra a nosotros los lectores; tal vez porque al igual que les ocurre a los hombres de Glanton, para él no somos más que humanos, dado que la existencia tiene su propio orden y eso no puede comprenderlo ninguna inteligencia humana, siendo que la propia inteligencia no es sino un hecho entre otros.

¿Qué pasa mientras tanto con el chaval? Sobrevive. Que no es poco. Es nuestro guía, nos mantiene en el argumento. Pero nada nos dice que no sea tan prescindible como lo son el resto de personajes. Dado que las historias contadas son, al fin y al cabo, acotaciones de otras más largas, su perfil de muchacho envuelto en sus sangrientas circunstancias también tiene su destino. Un destino para el que quizá ya se encuentre más preparado como personaje que nosotros como lectores.

Cormac McCarthy es un narrador peculiar que no trata solamente de contarnos una historia. Para ello trabaja el lenguaje. Su forma de contar siempre juega con nosotros, tiene la capacidad de acercarnos y alejarnos a sus relatos por medio de la sintaxis y el registro léxico. La historia del Grupo de Glanton se encuentra recogida en los libros de historia que nos hablan de aquellas sangrientas aventuras de los años cincuenta del diecinueve norteamericano. Él ha convertido la historia en algo más. Hay aventuras en Meridiano de sangre, así como hay una lente con la que entender un tiempo, así como una perspectiva -un ángulo complejo- desde donde contemplar al ser humano en unas circunstancias muy concretas e incómodas, el ser humano libre de toda moralidad. Cuando la criatura humana se despoja de toda obligación moral, independientemente de su educación o cultura primigenia, vuelve pronto al salvajismo del que procede, a su ancestral resistencia a perecer, pero también a la lucha por el dominio de la zona de caza.

Nos obligará a acudir al diccionario. Cada piedra tiene su nombre, cada fenómeno natural también. Los escenarios se suceden a lo largo de toda la obra, algunos muy diferentes entre ellos como la montaña y la llanura, y cada uno de ellos tiene su propio vocabulario. Si hay humor en esta obra es un humor macabro, un chiste que quizá da muy pocas ganas de reír, como el humor de los dioses. Meridiano de sangre es una lectura difícil. En realidad Cormac McCarthy es un autor complejo. No se puede decir de él que escriba para cierto público. No, McCarthy escribe, y ya después, su público, nace y crece en función de cierta necesidad. Es por ello que antes de leer Meridiano de sangre suelo recomendar la lectura de su Trilogía de la frontera, de la que Billy Bob Thornton llevó al cine su primera entrega con poco acierto. Existe en la actualidad un proyecto mil veces postergado por parte de James Franco, quien ha dado buena muestra de su conocimiento del autor de Knoxville. Tal vez sea que Meridiano de sangre se cuente entre los títulos más complejos de llevar al cine de la obra de McCarthy, por otro lado muy valorado por algunos directores como los hermanos Coen (No es país para viejos) o Ridley Scott (El consejero).

Debemos saber que al leer Meridiano de sangre nos enfrentamos a un clásico del futuro, y como tal debemos entenderlo. No es un libro para élites, es un libro para hambrientos de buena literatura. Una incuestionable recomendación. No obstante, la advertencia de su complejidad se hace necesaria. Para entrar a pecho descubierto en el Meridiano de sangre, antes, deberíamos conocer en qué extraño continente de las letras se encuentra el Meridiano McCarthy. La búsqueda merece la pena. Meridiano de sangre, literatura con mayúsculas.

Reseña realizada por Eduardo Flores de La victoria de la carne

1 comentario:

  1. No se consigue este libro por ningún lado en México.
    No he podido leerlo.
    JE Pe Pe

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